jueves, 1 de marzo de 2012

Diario de un viaje express

Diario de un viaje express

DIA CERO:

“La felicidad es plena solo cuando es compartida” talló sobre un pedazo de madera Christopher Jhonsons Mc Candless el 18 de agosto de 1992, antes de morir en soledad en una remota y aislada región de Alaska, al comer por equivocación raíces de una variedad de planta venenosa, tras varios años de vivir como un ermitaño/nómade alejado de la sociedad. Sin llegar a tal extremo, en mi corta experiencia como viajante he aprendido, entre otras cosas, que uno de los factores más importantes que hacen de un viaje cualquiera una experiencia inolvidable son las relaciones humanas que se generan durante el mismo. La gente que se conoce, los amigos que se hacen y como se comparte con ellos lo vivido.

Es quizás por este motivo que los días anteriores a comenzar este viaje a un destino asilado como la Isla Sur y solo; no me generaban un estado de ansiedad, por lo contrario podría decirse que una parte de mi prefería quedarse en la seguridad de la rutina de Rotorua. Pero el bicho de la curiosidad deja una picadura que, si tenés suerte, pica fuerte y por mucho tiempo.

En este estado de indecisión se dieron los escasos preparativos del viaje que consistieron básicamente en el día anterior a mi partida ir al super a comprar fideos, arroz unas barritas de cereales, una botella de agua y pedirle prestada la bolsa de dormir a Javi. Ni boleto de colectivo, ni reservaciones de hoteles, ni equipo de camping.

El domingo a la noche atendí casi con nostalgia los pocos clientes que eligieron “Solace” para cenar. Me despedí de mis compañeros de trabajo y dejé (¿para siempre?) el rubro gastronómico que me dio buen dinero con poco esfuerzo y me permitió viajar tanto durante el 2011.


DIA UNO:

Siempre que hay una despedida, hay una fiesta. Siempre que hay una fiesta, uno se levanta tarde. El pasado lunes 27 de febrero no fue la excepción. Empaque todas mis posesiones (que entran en una valija de 90L), y le pedí a Lis Ane (mi aria compañera de cuarto) que me la cuidara hasta que volviera. En la espalda me llevaba un equipaje liviano: poca agua, poca comida y poca ropa.

Sin mucho plan, como mencioné antes, simplemente empecé a caminar rumbo Sur alrededor del medio día. Unos 6 kilómetros ya a las afueras de la ciudad, voltee mi espalda al sur y levante el pulgar de mi mano izquierda. El objetivo: llegar a Wellington a la tardecita para buscar un hostel, pasar la noche y al día siguiente cruzar a la Isla Sur con el ferri.

No habían pasado más de 10 minutos que una Van medio oscura se detuvo y abrió la puerta corrediza en un claro gesto de invitación a subir. Asome la cabeza para ver donde dejaba la mochila y me encontré con un ambiente un tanto turbio: gigantescos maoríes con cara de pocos amigos, saludaron con desconfianza y mirada torva.

Entre todos los hombres, ásperos y de pocas palabras; se encontraba al volante la única mujer dentro de la camioneta. Una vieja maorí muy simpática y locuaz. La misma me dijo que iban de Rotorua a trabajar a una fabrica que queda a mitad de camino con Taupo. Que si me servía me dejaban ahí. Cualquier cosa que me acercase al Sur me venía bien, así que acepte.

Tras un viaje quizás un tanto tenso, donde la conversación brillo por su ausencia, me dejaron justo debajo del cartel que decía: Taupo 40km. Sabiendo que Taupo es la primer ciudad después de Rotorua, y que estas quedan 80km una de la otra; caí en la cruda realidad de que eran la 1 de la tarde de mi primer día de viaje y no me había alejado ni 50km de Rotorua. Todavía me quedaban unas 6 horas de viaje, suponiendo que encontrase alguien que fuese derecho hasta el centro de Wellington y sin paradas.

Siempre hay que pensar que cualquier situación de la vida podría ser peor mediante dos factores: si está lloviendo y si Racing va ultimo en la tabla. Por suerte no llovía… Así que puse mi mejor sonrisa, el pulgar arriba una vez mas y agradecí que era un hermoso día soleado.

Unos 45 minutos después, la realidad golpeo de nuevo. Los autos me pasaban como cabaret en quiebra (echando putas), pero ninguno paraba y ya me estaban saliendo raíces. Me vi en un futuro cercano sacando la bolsa de dormir con las últimas gotas de sol y pasando la noche al costado de la ruta, sin carpa, con el estomago vacio y despertándome al otro día a la mañana con la temperatura corporal al mismo nivel que la escarcha del pasto.

Cuando el ánimo empezaba a abrazar la indignación, fue que se detuvo un Holden negro azabache. A esta altura me subía por más que el conductor sea un violador, asesino serial que además halla comido guiso de portos al medio día y me diga que las ventanillas del auto no andan. Eran dos: Sam de aspecto bonachón, alto, corpulento, polo negro enrulado y piel tirando a oscura; le calculaba unos 50 y pico años a un perfil con una cierta descendencia maorí. Su hijo Josh de 22 años, charlatan, también de aspecto bonachón tirando a Shaggi de Scooby Doo; alto, flaco, blanco, gran dentadura, ojos claros y pelo tirando a rubio dejaba en claro que la esposa de Sam era la típica neocelandesa de descendencia inglesa o que Sam se había comprado un auto con ventana en el techo para que le asomen los cuernos.

Sam: Vas para Taupo? Subi que te llevamos!
Yo: mil gracias por parar! Si, en realidad voy hasta Wellington, pero por algo tengo que empezar.
Josh: A Wellington?! Nosotros también vamos para allá. Si no te molesta que paremos 10 minutos en Taupo a saludar a mi abuelo, estas más que invitado a venir hasta Welli con nosotros!

Casi se me pianta un lagrimón! Todas esas nubes de malos pensamientos en los que me veía venir pasar la noche en la ruta cagado de frio, se disiparon con un suspiro de la atolondrada vos de Josh.

Ya llegando a Taupo, me entro la paranoia. La eterna paranoia de haberme criado en Argentina. ¿y si me están llevando a algún lugar medio raro? ¿y si planean drogarme y robarme los órganos? ¿y si me llevan a una casa y me roban la mochila con los fideos y el arroz?.

Todo lo contrario llegamos a una casa bellísima, sobre una colina que deba de lleno al lago Taupo. El padre de Sam de más clara descendencia maorí (pero ese tipo de maorí que se occidentalizo hace rato) nos recibió entre sonrisas y chistes. Una buena onda increíble para los años que tenia encima. Destacable anfitrión preparo café o té a pedido y convido con muffins y croissants en abundancia para todos. Durante los 20 minutos que estuvimos ahí me trato como un nieto mas.

Seguimos viaje en la comodidad de los amplios interiores del Holden con tapizados de cuero y el aire acondicionado a la temperatura ideal. Escuchando buena música y charlando de todo un poco. Los locales mostraron gran interés y conocimiento previo de Argentina.

Llegando al atardecer me estaba cagando de hambre. Sabia que tenía un sándwich de salamín y queso re aplastado en la mochila, pero sentía que sería un abuso de confianza ponerme a comer el oloroso sándwich en el asiento de atrás, tirando migas sobre el vehículo ajeno que presentaba excelente estado de pulcritud. El tema es que cuando el hambre aprieta se caen los códigos…Estos pensamientos cruzaban mi mente cuando Sam exclamo: me estoy muriendo de hambre! Mariano, te gusta mc dondalds?
Yo: Si…”me encanta” (cuack!)
Sam: bueno, en la próxima ciudad paramos y te pedís el combo que quieras, yo invito!

Típica discusión en el medio de “pago yo, pago yo”, cedí rápidamente y me clave un Doble cuarto de libra.

Ya llegando a Wellington, Sam me dijo que en realidad no iban hasta la Capital, sino hasta Porirua, una ciudad a unos 20 km antes de Welli. Pero que le dijera la dirección exacta del hostel al que iba y que me llevaban.

Sabiendo que era perder el tiempo discutirle que me deje donde fuese que iban ellos y de ahí me arreglaba solo, le escribí a una amiga que está viviendo en el centro para que me dijera la dirección del hostel donde paraba. Si les llegaba a decir que no tenia ningún hotel reservado por ahí hasta me pagaban una pieza en el de ellos en Porirua.

Eran casi las 9 de la noche cuando me dejaron en la puerta del hostel. Les dije la mayor cantidad de palabras de agradecimiento posibles que se me ocurrieron en ingles y nos despedimos.
Reencuentro en el George´s backpakers hostel, con Ceci,una Argentina muy piola que había conocido en Rotorua aproximadamente un mes atrás. Charla, cena y a la cama.


DIA 2

Me levante alrededor de las 9am. Ducha de por medio me fui a desayunar y use la conexión de internet del hostel para sacar el pasaje del ferri. Saque mi boleto para el horario de las 2am del día siguiente. Sabía que iba a estar despierto hasta tarde y viajando de noche me ahorraba una noche de acomodación, mas la ventaja de llegar temprano en la mañana a una ciudad.

Camine todo Wellington: el centro, la costanera, el puerto, el museo. Ya había estado allí antes. Es una ciudad bellísima. Tamaño ideal, limpia, llena de vida; hermosa arquitectura de edificios neocoloniales y pintorescos dispuestos irregularmente y mezclados con intervenciones urbanas modernas, pequeñas plazoletas, puentes, parques y plazas. Varios cafés y bares de fachada antigua contrastando con modernos edificios de mediana altura aquí y allá. Armonía en lo ecléctico. De lo más destacable el museo Te Papa, muy interactivo y diverso.

Me preocupaba un poco la llegada a Picton (isla Sur) a la mañana del día siguiente. ¿Por dónde seguiría bajando? ¿Este? ¿Oeste? ¿Centro? ¿Y si llovía todo el día? ¿Me levantaría alguien si me ponía a hacer dedo? Sabiendo que solo el 25% de la población neozelandesa vive en la Isla Sur, existe un 75% menos de posibilidades de que alguien te levante…

La comodidad del lujo burgués, que ha tantos románticos a convertido, le gano la pulseada al sueño de la aventura hippie. Y compre por internet un pase que me permite ir a 5 destinos que quiera en bondi por $150. Sinceramente hubiese preferido seguir con el dedo, aún más después de tan positiva primera experiencia de Rotorua a Wellington; pero tengo a mi acecho al peor enemigo en la historia del hombre: el tiempo.

Cruce el centro de Wellington en la fría y solitaria noche, sin escuchar mayor sonido que el de mis propios pasos y los semáforos cambiando inútilmente sus luces. Llegué a la estación de ferri y aborde a la 1am. Muy poca gente viaja en el servicio de la madrugada, por lo que me busque el más grande y cómodo sillón de todo el barco, me puse los auriculares y antes de que las turbinas comenzaran a impulsarnos lejos de tierra firme, ya me había perdido en el mundo de los sueños.


DIA 3

Llegamos a Picton a las 6am. Baje del ferri y un servicio gratuito de transporte perteneciente a la misma compañía del crucero me dejo en el centro, donde escapando del frío matinal, entré rápidamente al único café abierto del pueblo. Me acomodé en una mesa junto a la estufa a leña, pedí un café latte y escribí algunas palabras del presente escrito.

Picton es un pueblo de menos de 5000 habitantes. Sus casitas se ubican sobre el valle montañoso que baja rápidamente para encontrarse con el mar. Es en este encuentro que se ubica el puerto, de gran importancia turística y comercial.

Había finalmente decidido bajar por la costa Este hasta Christchurch y desde allí a Queenstown. Como mi autobús salía a la 1pm, utilice mi mañana para hacer un treking de 2hs ida y otras tantas de vuelta hasta la cima de uno de los fiordos que rodea el pueblo. Hasta el punto panorámico Queen Charlotte, desde donde tuve una fantástica vista de águila del pueblo, las montañas y el ferri que me trajo, partiendo en sentido inverso, en el servicio de las 10am.

Llegue a Christchurch a las 6pm y busque un hostel.

No hay mejor lugar para hacer amigos que un hostel. Me prepare un café y no había terminado de tomarlo que ya había entablado relación con un gringo, una holandesa, dos franceses y una argentina. Vimos una peli en el hostel y después salimos a tomar una birra.

Ya había estado anteriormente en Christchurch. Es una ciudad que por lo que cuentan los que la conocieron en su esplendor, fue muy bella y alegre. Hoy en día, un año después de los terremotos, es un lugar con una vibra muy negativa y deprimente desde lo energético. Desde lo visual: edificios parcial y completamente destruidos. En el centro pueden verse tras las vallas de construcción los restos de lo que fue la catedral, con su imponente aguja de la cúpula principal tirada sobre un costado entre ladrillos y restos de los vitrales. Por las calles irregularmente agrietadas calles, gente que vive eternamente atormentada por los pequeños temblores y bajo la constate amenaza de un nuevo terremoto. Gente que lo perdió todo, sus familiares o amigos, sus negocios, sus casas…

Empezaba a llover, cuando volvimos al hostel, me despedí y me fui a dormir, escuchando la lluvia caer sobre lo que esperaba fuese un suelo sin temblores.

sábado, 17 de septiembre de 2011

No sé si estoy despierto o tengo los ojos abiertos

Un antiguo filosofo chino escribió una vez: “…Chang Tsu fue a dormir y soñó que era una mariposa. Al despertar, no sabía si era Chang Tsu soñando que era una mariposa, o si era una mariposa, soñando que era Chang Tsu…”.


En un principio lejanos, pero aumentando con gran intensidad, los sonidos de la ciudad entran por mis oídos y golpean en mi consiente adormentado, trayéndome de vuelta desde el mundo de los sueños.

Abro los ojos. Hace calor, mucho calor. Estoy en una habitación de hotel, no se destaca por el lujo, pero es limpia y acogedora. La luz del sol se filtra por las cortinas, es una mañana avanzada, casi rozando el medio día y la ciudad ya está en plena ebullición. Me levanto de la cama y camino hasta la ventana. Desde el tercer piso del hotel veo la milenaria ciudad de Bangkok, capital de Tailandia, descubrirse ante mis ojos. Vendedores ambulantes gritando para imponerse, cientos de bicicletas, tuktuk (moto taxis) y autos enmarañados en una lucha por llegar a tiempo a sus destinos. Me sumerjo en ese paisaje tan distinto para mi, de gentes, de sonidos y de formas que no me son familiares. De repente, una voz me saca de ese estado hipnótico. Es una voz femenina, que me es conocida. Volteo y dentro de la cama esta Natalia Oreiro, vistiendo solo una camiseta de Racing diciéndome: volve a la cama amor…

Abro los ojos. Estoy en Rotorua, en la habitación del Hostel; en la cama de arriba el Chichi ronca. Mientras me desperezo pienso: otra vez se me están mezclando los sueños del viaje a Asia y de Natalia Oreiro…mala señal. Son casi las doce de la noche y nos despertamos de una ligera siesta listos para ir a una atípica excursión.

Bajamos la escalera. Abajo están los chicos esperándonos, todos con la maya puesta. En estos casi 3 meses de vida en Rotorua se ha armado un muy lindo grupo de latinos. Esta noche, somos 13 en total y contamos con 3 vehículos con una buena dotación de cerveza. El destino: un paraje misterioso, conocido solo por algunos locales, quienes se muestran bastante reacios a la idea de divulgar el secreto de su ubicación, ya que quieren mantenerlo virgen y hermoso como es.

Afortunadamente tras 3 semanas de hacer buena letra con la pareja que son los dueños del hostel donde trabajamos a cambio de alojamiento; ella se prestó a confiarnos el secreto de la ubicación e incluso dibujarnos un mapa para poder llegar.

Nos dividimos en 3 grupos por los autos, y emprendimos el viaje en el medio de la noche, fría y estrellada.

Abro los ojos. Estoy sumamente cómodo. ¿Sobre un colchón? No, sobre la arena; y una roca hace las veces de almohada. Una corriente de agua caliente me atraviesa el cuerpo incansablemente. La luz del sol se refleja en una bellísima luna llena, y luego de atravesar el vapor del agua caliente y cristalina, me permite ver el fondo del lago con suma claridad. A mis alrededores un juego de brillos y sombras causados por la intensa luz de la luna, filtrándose entre las ramas del bosque. Volteo a ambos lados, buscando a la Oreiro, pero no está. A algunos metros en cambio, veo a todos los chicos, sentados aquí y allá, con una botella de Stella Artois en la mano, conversando y riendo alegremente. Esto no es un sueño, pero es un lugar tan mágico que es difícil de explicar.

Los locales lo llaman Hot and Cold River (rio frio y caliente). Es un pequeño lugar perdido en el bosque, en medio de la naturaleza, donde se encuentran un arroyito formado por aguas de lluvia, extremadamente frío dada la época del año y uno proveniente de las entrañas de la tierra de agua sumamente caliente. Se encuentran en una especie de pileton natural, donde uno puede acercarse más al arroyo frio o al caliente dependiendo la temperatura que más le apetezca. Debido a las altas temperaturas del agua (que varían desde unos 44°C en el arroyo caliente a muy fría en el arroyo frío), no viven ningún tipo de plantas ni animales en el agua, haciendo que esta sea sumamente limpia y cristalina. El suelo es de arena, sin un solo rastro de barro, con rocas aquí y allá que pueden usarse de asiento, reposera o cama dependiendo la altura de la roca o la profundidad del lago que no supera el metro treinta en la parte más profunda. Las paredes de esta especia de estanque son grandes piedras seguidas inmediatamente de arboles; las mismas tienen pequeños huecos donde encendimos algunas velas, para sumarle magia a un momento que ya de por si fue increíble.

Nos quedamos allí hasta las 4 am, donde decidimos volver ya preocupados de lo arrugadas que teníamos las manos.

La vida en Rotorua ha sido muy intensa este último mes. Las actividades sociales siguen tan frecuentes como antes pero el trabajo aumento considerablemente; en consecuencia han disminuido las horas de sueño. Un día en la “rutina” sería: levantarse alrededor de las 9: 30, ya que Fleak, la dueña del hostel que nos da una mano con la limpieza, antes de decirnos buenos días nos dice “desayunen tranquilos que no hay apuro”. Fleak es un amor de persona, a sus 60 y largos años se mantiene súper activa y ya tiene la mitad de los cuartos hechos para cuando terminamos de desayunar. Se podría decir que es mas nostros ayudándola a ella con la limpieza que ella a nosotros. Terminamos de desayunar, limpiamos la cocina, los baños, me cambio y me voy a trabajar. A las 11 30 llego a abrir “Tandoori Palace”, el restaurant indio de los mimos dueños que Solace (el otro restaurant donde trabajo). Es un lindo restaurant, pero de mañana no va nadie, así que tengo suerte si para las 14 cuando me estoy yendo atendí más de 3 mesas. Me pusieron a trabajar ahí ya que en vistas de que se acercaba la fecha del viaje a Asia y quería hacer mas plata, les pedí que me dieran más horas en lo que sea. Vuelvo al hostel, como algo y me tiro a dormir una siestona o me voy al Spa a ver el lago desde la pileta de agua termal. Me levanto alas 17hs como algo y 17 30 estoy en Solace. Allí ya saben que mi tarea es estar parado en la puerta conversando con la gente que pasa, convenciéndolos de entrar a comer. Al principio era bastante divertido, la verdad que ahora me estoy aburriendo un poco; pero bueno, peor es laburar… Depende del día de la semana, pero generalmente vuelvo al hostel tipo 21 30, como algo y me voy para el Pig and Wishtle. Pig and Wisthle es el bar que mencione en la subida del blog anterior, el mismo queda a una cuadra del hostel donde vivimos. Es un bar súper agradable, un estilo Antares para los que conocen. Ahí tenemos cerveza gratis ilimitada. Si no anda nadie me tomo un vaso y me voy adormir, si anda gente me quedo charlando con alguien, generalmente turistas en tránsito. A esta rutina súmenle una ida al boliche del pueblo los jueves y sábados y una escapada a la naturaleza en los días que no trabajamos.

Esta última semana que paso, logramos coordinar los días libres de 8 de nosotros y fuimos en dos autos a conocer Mont Manganui. Mont Manganui es un bellísima ciudad turística ubicada sobre la costa Este de la isla Norte de Nueva Zelanda, a unos 140km de Rotorua. Similar a lo que sería Punta del Este en Uruguay, es un estrecho de tierra con edificios, negocios, casas y parques rodeado por mar al Este y al Oeste. Desde una orilla a la otra hay unas 6 cuadras. Toda esta península se remata en un monte bastante alto, cuyo acenso haciendo trecking dura una hora y monedas, dependiendo que tan rápido se valla.

Nos toco un día hermosísimo, sol radiante, ni una nube y calorsito agradable. Desde la sima se tiene una vista deslumbrante del océano y de la ciudad. Allí paramos a almorzar y luego nos tiramos en el pasto a cantar, con el Chichi tocando la guitarra, hasta ver bajar el sol… Un recuerdo más de este viaje, que quedara marcado a fuego en la memoria. Subí varias fotos al facebook para quien quiera darse una mejor idea; de cualquier manera una vez mas no hay palabras ni imágenes capaces de describir con precisión la experiencia.

Estas son en líneas generales las novedades de la vida isleña. Solo dos semanas nos separan del punto de partida de nuestro próximo viaje: Malasia. Mientras tanto seguiremos trabajando “duro”, para ahorrar lo más posible y seguiremos yendo una o dos veces por semana al hot and cold river, a ese pequeño lugar mágico, escondido en el bosque, en lo más recóndito de una isla en el medio de la nada, aunque cada vez será más oscuro, a medida que la silueta de la luna decrezca día a día; y allí, de noche, acostado en el arroyo, mirando las estrellas, con el agua caliente fluyendo por mi piel, seguiré preguntándome si realmente estoy despierto o solo tengo los ojos abiertos, si soy Chang Tsu o la mariposa…

jueves, 18 de agosto de 2011

del dicho al hecho...

Los conocimos de casualidad una noche después del trabajo. Habíamos ido a Pig and whistle por una cerveza. Pig and Whistle es un bar histórico en la ciudad, solía ser el edificio del cuartel de policía, cuando Rotorua era un pequeño pueblo donde paraba el tren; en Argentina lo llamaríamos una “estación”. Con los años, este bar, ha prosperado mucho y hoy tiene todo el aspecto de un pub ingles de muy buena calidad. Íntegramente recubierto en madera, con una buena estufa a leña y dos o tres plasmas aquí y allá para pasar los partidos (de rugby claro). Es tal la prosperidad que ha alcanzado este bar, que puede darse el gusto de dejar cupones de “una cerveza gratis sin obligación de compra” en los centros de información turística. Centros a los que vamos una o dos veces por semana y tras distraer a la agente de turismo con alguna pregunta de turista recién llegado de Madrid, nos dotamos de una buena provisión de vales de cerveza gratis.

Fabián es un pibe muy simpático. Es flaquito y chupado de cara, a pesar de que se mantiene alejado de los vicios. Tiene la risa fácil y un buen sentido del humor. Es un tipo despierto, y un poco nervioso a la hora de expresarse, característica que sospecho, surgen de toda una vida en capital. Eva es también muy alegre. Nacida y criada en Cañuelas es de espíritu más tranquilo, amigable y hasta si se quiere inocente.

“Acabamos de llegar de Tailandia, nos conocimos allá”. Dijo Fabián. Durante el resto de la noche Fabián y Eva pelaron contra la ansiedad para no entorpecerse el uno al otro en las anécdotas de su aventura. Tenían la excitación del que le acaba de ocurrir algo maravilloso, increíble, y necesita contárselo a alguien. Chichi y yo, esa noche, fuimos los agujeros de esa olla a presión. Fabián se imponía en la narración, pero todo el tiempo Eva lo corregía o completaba con detalles que en el afán de contar todo, Fabián se saltaba.

El hecho de encontrar del otro lado de la conversación, 4 oídos sumamente atentos y dos pares de ojos maravillados con tantas historias y descripciones de lugares exóticos y lejanos, alentaba sumamente a ambos, que siguieron hablando hasta que el pub cerró y nos invitaron a retirarnos.
Ya en la puerta del bar nos dijeron que tenían pensado quedarse un tiempo en Rotorua.
Intercambiamos números de celular y nos despedimos. Fría y silenciosa caminata hasta el auto de por medio empezamos a manejar de vuelta a casa. La idea de un viaje a Asia, siempre estuvo latente en el corazón, pero lejana en la realidad. Como las posibilidades de Racing de salir campeón. Pero en el relato de los chicos, no había nada de imposible, era solo una cuestión de actitud.

Yo manejaba en la vuelta a casa y rompí el silencio con un:
_ Che Guevon, cuando nos vamos a Asia?
_ No sé, pero quiero ir ya. jaja
_ Mañana vamos a internet y sacamos los pasajes para la primer semana de Octubre. Eso nos da tiempo para laburar casi dos meses más acá. Juntamos lo de los aéreos y unos 1800 que nos alcanza para vivir como reyes por dos meses allá, de arriba, sin laburar y viajando para todos lados.

Ya habíamos tenido conversaciones similares, pero siempre eran con el típico tono de sarcasmo con el que nos comunicábamos. Chichi que me conoce hace bastante, se dio cuenta que esta vez iba en serio. Y dijo:
_ Si! De una!

Con respecto al laburo, Chichi está muy bien con las horas que hace por semana en el hotel, casi 40. En mi caso, si bien el trabajo es muy relajado (pararse en la puerta del restaurant a charlar con la gente que pasa y convencerlos de que entren a comer, sin responsabilidad de plata ni lidiar entre los clientes y la cocina), estoy haciendo unas 20 o 25 horas a la semana. Con el trabajo de las mañana en el wwoofing cubrimos alojamiento y comida, por los que el dinero de esas 20 o 25 hs de laburo va casi en su totalidad a la cuenta de ahorro. De cualquier manera mientras más ahorremos acá, mas podemos reventarnos en Asia. Por lo que surgió la idea de dejar de trabajar las mañanas en el wwoofig y usar esas mañanas para buscar otro trabajo (o hacer más horas en el actual si se puede), arreglarse viviendo un mes en un lugar menos exclusivo del que estamos ahora y comiendo como el culo. Recordemos que en este wwoofing, a cambio de 4 horas de trabajo en la mañana, estamos viviendo en una mansión con vista al lago, y en casi un mes y medio que llevamos acá NUNCA repetimos una cena, todas ellas de puta madre.

Aquella noche después de una exquisita cena (paella), disfrutábamos una taza de café junto al fuego cuando le comentamos a Sally y Gerry de nuestras intenciones de viajar a Asia y por consecuente mudarnos. En este mes y medio viviendo y trabajando juntos se desarrollo un vinculo muy lindo entre ellos y nosotros, por lo que la noticia cayó como un balde de agua fría, no querían en lo mas mínimo que nos fuéramos, ya nos lo habían manifestado en el pasado, y en esta ocasión la expresión en sus rostros hablaba por sí misma. Fue entonces cuando a Gerry se le ocurrió la idea:

_ Que les parece si se mudan de la casa, pero se quedan a vivir en la caravan que está afuera. Es gigante, entran 8 personas, tiene heladera, frízer, microondas, horno, calefacción central, agua caliente, etc. En vez de trabajar a la mañana, les cobraríamos 50 dólares cada uno por semana, usan electricidad y agua de la casa y solo tienen que reponer la garrafa cuando se les acabe.
Recordemos que en un hostel, una habitación compartida entre 6 personas, por semana nos sale 120 por cabeza. La propuesta sonó fantástica. Teníamos las mañanas libres para trabajar y en alojamiento solo gastaríamos 50 mangos.

El eco del último martillazo resonó entre las colinas y el pasado domingo, tras cumplirse 38 días de wwoofing en casa de Gerry y Sally, ayudamos por última vez con el trabajo en el campo y nos mudamos a la caravan.

Como sucede tantas veces en la vida, del mundo de las ideas al de la realidad, las cosas se transforman. La caraban resultó ser muy fría, para colmo el día que nos mudamos comenzó una ola polar, que incluyo la primer nevada en Rotorua en los últimos 20 años. La calefacción funciona fantástico solo si esta prendida de forma continua, lo que se devora el gas de una garrafa en un día, y rellenarla sale unos $40 dólares, presupuesto fuera de nuestro alcance. Nos acordamos lo que era tener que cocinarse y preocuparse por ¿Qué como hoy?. A estos factores se le sumaron otros que venían latiendo desde abajo. Todos relacionados con muchas ganas de moverse a la ciudad. El campo es hermoso, pero ya hace un mes y medio que estamos acá. En ese mes y medio nos hicimos de un buen grupo de amigos, todos ellos viviendo en el centro. Y si bien el motor del grebmling es económico, en ir y volver todos los días hasta la urbe se va mas de un billete en combustible.

A través de un contacto con un amigo mexicano que está viviendo en un pequeño hostel familiero en pleno centro, es que conocimos a sus dueños. Una pareja de kiwis muy simpáticos y alegres. A él lo habíamos conocido el segundo día desde que llegamos a Rotorua, cuando se ofreció a pasarnos corriente con su camioneta, una helada y lluviosa noche de invierno que el grembling no quiso arrancar. Nos dijeron que les vendría muy bien personal de “housekeeping” para ayudar con la limpieza a la mañana.

_ Tendrían que trabajar 6 días a la semana, solo dos horas en la mañana. Generalmente es menos por que esta lento y la culo inquieto de mi mujer es la que se encarga de la limpieza.
_ Y nos podríamos venir este lunes?
_ Mira, en realidad los necesito de acá a dos semanas. Pero hagamos una cosa. ¿Cuánto están pagando donde duermen ahora?
_ $50 por semana cada uno.
_ Les dejo una habitación para ustedes a ese mismo precio por estas dos semanas, hasta que arranquen. Así se pueden venir este lunes para acá.

Apretón de manos y agradecimientos de por medio, se cerró el trato. El hostel no es de lo mejor, pero es agradable, cálido, la calefacción en las habitaciones esta al mango todo el día por lo que no más frío para estos wwoofers. Lo mejor es que queda a 2 cuadras de mi trabajo, a tres del de Chichi, a una del pig and whistle y a 4 del Polynesian Spa.

El Polynesian Spa, es un spa 5 estrellas, muy exclusivo. Cuenta con instalaciones hoteleras y un complejo termal de unas 8 piletas construidas todas sobre las horillas del lago (similar a Arapey en Uruguay para los que conocen, pero con las piletas mucho más cerca del agua, ya que al ser lago no corren riesgo de inundación como con el río en la tierra charrúa). Si bien es inaccesible en precio para mochileros lauchas como nosotros, no lo es para turistas acaudalados o para ciudadanos permanentes de Rotorua. Ciudadanía que se demuestra con un carnet de miembro de la biblioteca. Carnet que se obtiene al presentar un resumen de cuenta del banco con tu dirección en Rotorua. Resumen de cuenta que pedimos bajo la dirección de Sally y Gerry.

Tramites de por medio (que en conjunto nos llevaron menos de 30 minutos, caminando de un lugar a otro). Nos convertimos en ciudadanos de Rotorua y luego en flamantes miembros del Polinisian Spa, con acceso ilimitado a todas las piletas, durante un mes, por el módico precio de $40 dólares.

Pero el carnet de la biblioteca, contundente prueba de ciudadanía, sirve además para tener acceso ilimitado al wifi en las instalaciones de la biblioteca, situadas a media cuadra del hostel al que nos vamos a mudar, alquiler de libros, películas y discos y 50% de descuento en entradas a los atractivos turísticos de los alrededores de la ciudad.

El pasado jueves, se combinaron los day off del chichi, el colo y mío; toco un hermoso día soleado y, viéndonos en la obligación de sacarle provecho a nuestra ciudadanía, viajamos 40 minutos en le grembling a ver de qué se trataba Waimangu.

En los meses que llevo viviendo en este increíble país, he conocido lugares deslumbrantes con paisajes bellísimos. Es más, se podría decir que el país en su totalidad se compone de ellos. Las colinas verdes, los bosques tropicales casi selváticos, los ríos, los lagos, las cascadas, las playas…todo ellos abundan y te rodean donde quiera que estés. Lo que no es tan fácil de encontrar, ni aquí ni en el resto del mundo es un valle volcánico, como Waimangu.

Perdido entre colinas y montañas, consiste en un trekking de 2 horas por le medio de la selva, que atraviesa 5 atractivos principales:

El primero es el lago Esmeralda. Un siglo y medio atrás, una devastadora explosión volcánica genero un gigantesco cráter sobre la cara de la montaña, que con los años fue llenándose de agua. Hoy en día es un bellísimo lago de agua fría, color verde esmeralda, contrastando con un intenso rojo ladrillo de un helecho llamado Azolla que se depositan sobre su superficie.

El segundo es un lugar único que creo no volveré a ver en mi vida. Es el lago de agua hirviendo más grande del mundo. No una pileta, no un estanque, sino un LAGO. Y no está solo emanando vapor por la diferencia de temperatura con el exterior, esta hirviendo, todo el lago en su totalidad (si si, viste que redundante que soy!”). Uno podría quedarse horas hipnotizado viendo el viento jugar con el vapor en semejante superficie, y escuchando el tenue pero interminable burbujear de las aguas. Un lugar con una energía muy fuerte, para los que creemos en estas cosas.
De aquí se sigue caminando sobre el margen de Nga Puia o te Papa (manantiales de agua caliente de la madre tierra), conjunto de manantiales de agua hirviendo que crea intrincadas y minuciosas formaciones de sílice con sorprendentes y vivos colores. Nunca en mi vida vi una explosión de colores de la naturaleza tan intensos como en este lugar. (ver fotos en facebook, no es lo mismo que estar ahí, pero puede darles una idea mejor que mis descripciones)

Luego se llega al “Inferno Crater”. Otro cráter generado por una antigua explosión volcánica. Este es mucho más pequeño que el primero, y se lleno con aguas termales y no de lluvia, motivo por el cual esta hirviendo. Los altos contenidos sílice en el vapor han cubierto por completo las verticales paredes de la montaña que lo contiene, dotándolas de un color blanco perfecto, que contrasta con un turquesa cristalino del agua termal. Una vez más, los colores, el vapor…inexplicable.

De aquí se continua entre los manantiales y la selva hasta una zona de pequeños geiser continuamente activos. Espectáculo interesante de ver.

Unos metros más allá de los geiser se llega a una lugar donde la variadísima flora perdió terreno frente a las altas temperaturas del suelo generándose una zona abierta, de grandes dimensiones donde el agua de los manantiales se expande y cae en terrazas de acumulación de sílice, de formas muy irregulares que incluyen estalactitas. Una vez más la explosión de colores: el blanco puro del sílice, el turquesa del agua, verdes, azules y rojos muy intensos de diversos tipos de primitivas algas, que sobreviven a las altas temperaturas.

Tras algunos minutos más de caminata donde se puede disfrutar de un variado avistamiento de aves, se llega al final del recorrido: El lago Rotomahana. Este es un gran lago, de agua fría, ya más parecido a los que hemos visto en este país anteriormente, con la particularidad que sobre el horizonte termina en el volcán Tarawera. Este volcán, al igual que todos los otros que rodean la zona, incluyendo las múltiples salientes de los volcanes que dan a los lagos que recorrimos y los senderos por los que caminamos, están en plena actividad y pueden hacer erupción en cualquier momento. Lo que lo hace a uno pensar, cuando está sentado contemplando el lago, como la naturaleza tiene el poder de crear, con el pasar del tiempo, tanta belleza y destruirla con una devastadora explosión de algunos minutos. Se imaginan si cayera un salpicón de lava ardiente en mi hermoso rostro?!

Bueno, estos han sido los acontecimientos del pasado mes. Sepan disculpar el retraso en la actualización del blog, pero la verdad es que las semanas se han sucedido unas a otras, empujándose atolondradamente como fichas de dominó donde cada una cae impulsada por la velocidad que traía la anterior y esta a su vez lleva a la caída de la próxima. Estamos viviendo un sueño, y en los sueños es difícil medir el tiempo. Lo que está por venir: un mes de (esperemos) mucho laburo y luego el clímax de este sueño, las vacaciones dentro de las vacaciones: ASIA.

lunes, 18 de julio de 2011

hacer wwoofing puede ser una piha

Gerry se detuvo en seco. Su tosco semblante escocés pareció congelarse, con la mente ocupada en mil pensamientos pero la mirada fijamente clavada en mi. Yo aceleré la relajada velocidad con la que ambos estábamos cargando leña al camión, asumiendo que su actitud era una especie de hostigamiento a que me apresurara a terminar la tarea. Me pareció extraño, ya que aquí en el campo el trabajo es constante pero distendido y tanto Gerry como su esposa Sally son amables, simpáticos y viven una vida alegre y despreocupada, aunque siempre tengan algo por hacer.

_ Te envido. – Dijo de repente Gerry como volviendo al mundo de los hechos.

Yo, seguro de haber escuchado mal, exclamé.

_ ¿Perdón?
_ Eso, que te envido.

Ya seguro de las palabras de Gerry, ahora no sabía si estaba hablando en serio o no. En los 4 días que lo conozco, ha demostrado ser una persona que maneja bastante bien el sarcasmo. Me llevaría una gran sorpresa al darme cuenta que estaba hablando muy en serio…


Dos semanas atrás:

Como nos habíamos puesto en marcha con la primera luz del sol, estábamos llegando muy temprano a Auckland, ciudad donde se encontraba nuestro próximo anfitrión de wwoof. Así que decidimos desviarnos 30 km a la costa Oeste de Nueva Zelanda a conocer la que según los locales es una de las playas más hermosas del país.

Llegamos a Piha (recordemos que en ingles la H se pronuncia como J) alrededor de las 11am. En algún lugar dentro nuestro estábamos deseando que la playa fuese horrible, solo para poder hacer el chiste obvio: esta playa es una poronga!O que estuviese lejos de todo, así podríamos decir: esta playa queda cerca de la loma del orto. No fue así. Piha es una playa bellísima de largas extensiones de arena negro azabache, compuestas casi en su totalidad de hierro puro. Pero esta no es la característica que la hace única, ya que debido a la actividad volcánica muchas otras playas de esta isla se componen de esta peculiar arena. Lo que la hace interesante y bella son gigantescas masas rocosas que surgen en el medio de la playa y se elevan (algunas de ellas) hasta más de 10 pisos de altura con muy pronunciadas pendientes, que en algunos casos superan la perpendicularidad, ascendiendo en ángulo negativo con respecto al suelo, al mar o a ambos.
Allí almorzamos, caminamos, sacamos fotos. Disfrutando el último día soleado de una hermosa semana, a la cual le seguirían 12 días de lluvia y tormenta. Volvimos al auto y manejamos media hora hasta llegar a Auckland, a la casa de Gabrielle, nuestro segundo wwoof.

Gabrielle es una maestra de arte retirada. Vive sola en una casa a las afueras de Auckalnd. A los 71 años, viuda, su única preocupación es su gigantesco y frondoso jardín. El mismo lo mantiene en buenas condiciones gracias a la explotación constante de wwoofers, que hace trabajar unas increíbles 4 horas y media a cambio de un mediocre alojamiento en el subsuelo de su casa y una falsa promesa de deliciosos manjares.

El exquisito café de filtro fresco, recién molido, cortado con leche de cabra recién ordeñada, acompañado de tostadas de pan casero con mermeladas caseras del wwoofing anterior se vio reemplazado por café instantáneo con pan de última, sin mermelada. Luego de un pobre desayuno a las apuradas comenzar a trabajar en un riguroso e inflexible horario bajo el bastón esclavizador de la vieja del orto.

El verdadero motivo de nuestra parada en Auckland, eran los tramites que teníamos que hacer. Desgraciadamente llegamos un viernes. Por lo que tuvimos que soportar todo el fin de semana en la casa de Gabrielle. Por supuesto ni bien fue lunes, fuimos al centro, cambiamos los pasajes de vuelta a Argentina, le pusimos seguro al auto y recolectamos vieja correspondencia que teníamos en el hostel que nos habíamos hospedado hace ya más de dos meses. Hecho todo lo que teníamos que hacer, le dijimos adiós a la vieja y nos fuimos.

Mientras dejábamos Auckland por la autopista, pensaba que tal vez la vieja no era siempre malhumorada; y quizás solo necesitaba una buena ida a la playa.

El próximo wwoof fue elegido a las apuradas, en el afán de escapar lo antes posible de Auckland. De cualquier manera prometía mucho, en internet se anunciaba: “The Gorila Hut, un lugar paradisiaco, para encontrarse con uno mismo y descansar. Muchas actividades para hacer en los alrededores, el lugar perfecto para unas buenas vacaciones. Al llegar solo preguntar por Dan”.
Dejamos la ruta principal y nos adentramos al interior profundo neozelandés, treinta kilómetros por calle pavimentada y otros diez por calle de tierra. Ambos caminos totalmente desiertos.

Finalmente llegamos. Un paraje perdido en el medio de un sórdido desierto. Ni casas, ni arboles, ni colinas, ni ríos, ni playas. Llanura de pastos secos 360 grados alrededor; en el centro una construcción de ladrillo en muy mal estado, un taller con techo de chapa oxidada adosado a la misma y unos metros más allá un tráiler de también de chapa que alguna vez fue blanca, hoy en día predominaba el color oxido. Autos viejos, corroídos y abollados apilados aquí y allá, con otras tantas montañas de neumáticos y chatarra por doquier. Un perro viejo y flaco dormía tirado al frente del portón del taller; sobre el mismo un cartel anunciaba: “The Gorila Hut”. Por éste portón salió caminando un extraño personaje refregándose las manos con un trapo, perturbado seguramente por el ruido de nuestra llegada. Era gordo, alto y viejo. De larga y rala barba pelirroja y canosa, vestía un overol azul oscuro repleto de manchas de grasa y aceite. Mientras se refregaba las manos en un trapo, saludó con un ademan a la distancia y gritó: “Hey! Dan salió, vuelve en una hora, pero pónganse cómodos, su habitación va a ser el tráiler blanco!”.

El gremblin salió arando en segunda, levantando polvo. Mientras huíamos el perro se levanto y nos siguió unos metros con una expresión que parecía decir: “muchachos por favor llévenme con ustedes”; lo sentimos…pero el gremblin solo tiene lugar para mochileras alemanas que estén haciendo dedo en la ruta.

Manejamos por una hora y media, decepcionados. Los últimos dos wwoofing después del de Julia y Chris, habían resultado desastrosos. Como dice el dicho: “lo malo de la primer experiencia, es que solo hay una”. Ya atardecía cuando llegamos a Rotorua, buscamos un hostel y pagamos por adelantado las siguientes 2 noches.

Fundada sobre los márgenes del lago Rotorua, es una ciudad sumamente turística; como tal, cuida mucho los detalles estéticos y tiene una enorme cantidad de diferentes actividades para hacer en los alrededores. Posee varias plazas y parques con fuentes naturales de aguas termales, emanando vapor las 24horas del día entre las casas de sus 50 mil habitantes. Es, según los parámetros neozelandeses, una ciudad grande.

Debido al mal clima, no pudimos recorrer las bellezas naturales ni pagar por las actividades artificiales que tiene para ofrecer la ciudad; pero si pudimos dedicar un buen tiempo a la búsqueda de nuestro siguiente wwoofing y así el destino nos fue llevando a terminar en la casa de Gerry y Sali.

Gerry y Sali tienen una enorme y bellísima casa construida sobre una colina a 15 minutos del centro de Rotorua. La casa tiene cuatro habitaciones, dos baños, salada de estar con estufa a leña, gran garaje donde estacionan tres camionetas y un auto, y un gigantesco living con una extensa pared de vidrio que apuntan en su totalidad al lago. Un balcón de unos 3 metros de ancho cubre dos de las 4 caras de la casa y se extiende hasta alcanzar casi 5 metros, flotando, en la cara que continua al living. Ella es reflexóloga, el es osteópata y apicultor. Son eximios cocineros los dos, y no limitan sus platos a comida de un solo origen, viajando por el mundo han exportado recetas de múltiples países y regiones, y las aplican a diario en su cocina. Dedican sus ratos libres a trabajar su jardín, cocinar o relajarse viendo una película en la sala de estar equipada con cañón y home theatre. Son felices, simpáticos, trabajadores, buenas personas, aman sus profesiones y tienen un buen pasar económico.


Ayer:

_ Vos me envidias a mi? Le contesté sorprendido.
_ Si. Yo puedo tener una gran casa, varios autos, una adorable esposa. Pero las posesiones no son más que cadenas, cadenas rematadas en grilletes, que te privan de todo tipo de libertad, y reducen tu mundo a este maravilloso calabozo que se vuelve cada día más pequeño con el pasar de los años y la rutina. Vos sos joven, capaz, entusiasta, emprendedor, soltero. Podrás no tener plata, auto o casa. Pero nada ni nadie te puede impedir hacer lo que tengas ganas de hacer en el momento que lo quieras hacer y eso es envidiable.

Me quede perplejo. Podía esperar eso de cualquier persona menos de él. Nunca hasta entonces había demostrado ser una persona con una visión tan oscura. Sino que todo lo contrario. Le conteste:

_ Si, es cierto. Disfruto mucho de la libertad que tengo en este momento. Pero estoy más que dispuesto a, en algún momento de mi vida, sacrificar parte de la misma por tener algunas de las cosas que vos tenés: un hogar, una familia…son cosas que algún día quisiera tener.
_ Creeme, no es lo que queres.

Esto último lo dijo con una sonrisa en los labios, intentado quitarle seriedad a la conversación. Luego seguimos conversando de otros asuntos y cuando no hubo más leña por cargar, volvimos a la casa a prepararnos para la cena.

Creo que mal que bien, charlas como esta son enriquecedoras de este viaje, diferentes puntos de vista de una misma realidad. Por ahora nos sentimos muy cómodos en este lugar y con estas persona; y ellos a su vez están cómodos con nosotros. Rotorua parece un buen lugar para establecerse, aunque el plan inicial era seguir bajando hasta Wellington. Ya incluso nos hicimos un par de amigos en el hotel: un mexicano, un argento y dos chilenas. En los días venideros veremos si aparece algún trabajo que nos permita mudarnos a una casa propia y empezar a ahorrar unos mangos, mientras tanto seguiré escribiendo el blog desde lo alto de esta colina, alternado la mirada entre la pantalla de la notebook, el lago en el horizonte y el fuego de la estufa.

miércoles, 6 de julio de 2011

El sendero de los espíritus

Según la antigua creencia maorí, al morir una persona, se desprende del cuerpo su espíritu. El mismo comienza un viaje desde donde halla respirado el cuerpo por última vez hasta el extremo norte de la isla. Una vez alcanzado este punto, comienza su descenso al inframundo, adentrándose en las profundas aguas del océano para luego concluir su viaje en Hawaiki, el hogar de los espíritus. Allí mismo estábamos parados, contemplando el horizonte cuando nos pareció ver el espíritu de riBer descendiendo al inframundo…

Fueron 5 horas de viaje por increíbles paisajes, en una de las regiones menos pobladas de uno de los países menos poblados del mundo. Ya había pasado más de una hora desde que habíamos dejado atrás un cartel que anunciaba “última estación de servicio del país”, cuando vimos el faro, construido allí en la punta, como un eterno símbolo del hombre blanco cegándose en los lugares sagrados de los nativos.

Invierno es la estación con la mayor cantidad de precipitaciones en este país y prácticamente todos los días llueve. No fue así el pasado jueves 30 de Junio donde el universo nos bendijo una vez más con un hermoso día soleado; sin una sola nube en el cielo desde el amanecer hasta la caída del sol.

El lugar al que llegamos es un punto sumamente elevado, donde a excepción de una pequeña porción de tierra a nuestras espaldas teníamos una vista panorámica de 320° de mar, perdiéndose en el horizonte tan lejano y basto que parecía copiar levemente la curvatura de la tierra. No es temporada turística, por lo que éramos prácticamente los únicos allí. El risco cae en una pendiente casi perpendicular hasta las aguas del mar que lo golpean incansablemente una y otra vez. En este punto es donde convergen el Océano Pacifico y el mar de Tasmania, según los parámetros occidentales. Por otro lado, la cultura Maorí cree que es donde Tapokopoko a Tawhaki (el mar masculino) se encuentra con Te Tai o Whitirela (el mar femenino) para la creación de la vida.

Uno diría que la naturaleza no conoce nombres ni limites y no tendría por qué haber ningún indicio de una “unión de mares”. Pero si la hay. A corta distancia de donde se sumerge en las aguas la última porción de tierra neozelandesa, en un mar sumamente calmo, puede verse un extraño oleaje con remolinos de espuma en varias direcciones. Justo en el punto donde se encuentran el mar femenino y el masculino. De mas esta decir que nos sacamos una fotos con los mares cogiendo de fondo.

Almorzamos y nos quedamos contemplando tan deslumbrante paisaje. Lamentablemente el sol bajaba rápido y nos quedaba un lugar más por conocer. Así que nos subimos al gremblin y volvimos por donde habíamos llegado.

Algunos kilómetros antes de llegar a “la última estación de servicio del país” hay un desvío. A los pies de un camino rustico de tierra se lee en un cartel: “Te Paki Giant Dunes”. Te Paki es una región al Oeste de Nueva Zelanda, donde concluye la “Playa de las 90 millas”. Una muy larga extensión de anchas playas sin bahías, penínsulas, acantilados, piedras ni nada que la interrumpa; que en honor a la verdad tiene 78 millas (124 km).

Llegamos a las dunas gigantes cuando el sol estaba ya bastante bajo y generaba largas sombras, incluso en las pequeñas elevaciones creadas por el viento, que daban textura a las paredes de estas enormes montañas doradas.

Caminamos. Solo caminamos. Mirando aquí y allá este pequeño desierto alejarse hasta donde la vista lo siguiese. Variando en forma y altura duna tras duna formar un gran manto irregular en el cual pueden encontrarse pequeños bosques, arroyos y lagos.
El sol termino de esconderse y el frío abrazó las montañas. Hora de subir al auto y deshacer el camino andado.

Llegamos a la casa de Julia y Chris alrededor de las 22:30hs. Amablemente nos habían ofrecido pasar la última noche allí, a pesar de no haber trabajado ese día. Estábamos extenuados pero de todos modos revisamos el correo para ver si teníamos alguna respuesta de nuestros posible próximo anfitrión de wwoofing.

Entre varias respuestas negativas que alucian como excusa ya estar alojando otros wwoofers, o no necesitar wwoofers por la disminución de actividades que trae aparejada el invierno; una sola respuesta fue positiva. Y el día siguiente, a primera hora del día, nos despedimos con tristeza de Chris y Julia que tan bien nos atendieron y cuidaron, y pusimos rumbo al número 81 de la calle Wallsal, en los suburbios de Auckland City: nuestro próximo wwoofing.

viernes, 1 de julio de 2011

entre tortas y pasteles

El camino de tierra era largo y serpenteante, lo que aumentaba la expectativa considerablemente. Habíamos dejado la ruta principal algunos kilómetros atrás. ¿Cuál sería la última curva antes de llegar a donde teníamos que llegar? ¿En qué momento se descubriría ante nuestros ojos ese lugar, del que sabíamos muy poco? Si, sabíamos que era algo parecido a una estancia, con algunos animales, pero… ¿Seria una casa grande o pequeña, moderna o antigua, acogedora o fría? ¿sería un hogar? ¿Estaría sobre una colina o en un valle? ¿Cerca de un lago o de un bosque? Y cómo serían sus moradores era una incógnita aun mayor. De ellos solo sabíamos que eran dos mujeres. En este lugar desconocido es donde pasaríamos los próximos 10 días.

La línea del horizonte, formada por la ultima colina se hacía cada vez más baja, a medida que nos acercábamos a su cima, y descubría como un telón invertido la casa plenamente iluminada por el sol. El terreno que conforma el predio comienza a las orillas del río Kaiwaka, en un lugar donde el río se ensancha asemejándose a un lago. Luego de unos 100 metros de bosque, que hacen de barrera contra los fríos vientos del Sur, se encuentra la casa. Construida en madera con grandes ventanales en living, cocina y habitaciones. Rompe la simetría de un techo a dos aguas una chimenea humeante. Es moderna, pero cálida. A la derecha de la misma un establo, a la izquierda una casa más pequeña seguida de una estación de ordeñe. Delante de la casa hay una huerta, luego un estanque con varios patos y un gallinero. Más allá del estanque, se extienden un abanico de colinas irregulares donde pastan unas 25 cabras, 4 vacas y un toro; y deambulan pavos reales silvestres.

Manejamos los últimos metros entre árboles frutales de todo tipo, finalmente estacionamos frente al establo y nos bajamos. Aire puro. ¿Silencio total? Para nada. Los patos, las gallinas, las cabras y las vacas no son mudos.

Salieron a nuestro encuentro dos señoras de edad difícil de definir (algún lugar entre 55 y 65), la vida en el campo, ha curtido la piel de sus rostros y manos, haciéndolas aparentar mas años de los que posiblemente tengan. Julia es de descendencia holandesa, estatura mediana, aspecto bonachón, cabello corto de un gris claro que alguna vez fue rubio y gran nariz roja como un morrón. Chris en cambio es más pequeña de estatura, semblante más serio y cabello también corto, pero castaño con cientos de hilos plateados.

Primero nos saludamos, hicimos algunas preguntas de respuestas obvias para romper el hielo y luego nos invitaron a pasar. Una vez adentro nos sentamos junto al fuego. Era la hora del té, así que Julia preparó un poco; y para los que preferimos algo mas fuerte molió café, lo pasó por agua caliente y lo corto con un chorrito de leche de cabra. Las bebidas vinieron acompañadas de un apple pie (pastel de manzana)casero.

Conversando alegremente y conociéndonos mejor se hicieron las 7. Julia se llevo a la cocina las tazas vacías y volvió con queso de cabra artesanal, tostadas de pan casero y un pescado ahumado frío, capturado en el lago el día anterior. Todo acompañado con una cerveza, rubia o negra, a elección de los invitados de este WWOOF.

¿Qué es WWOOF? Willing Workers On Organic Farms (trabajadores voluntarios en granjas orgánicas). Nueva Zelanda en general es un país agro exportador que se preocupa mucho por la calidad del producto que exporta, por evitar casi en su totalidad el uso de agroquímicos y siempre busca ser autosustentable y ecológico. Existen varias organizaciones con tal propósito, una de ellas es WWOOF. Convirtiéndote en miembro de esta organización uno puede llegar como invitado a una granja o campo y recibir comida y alojamiento a cambio de 3 o 4 horas de trabajo diario. El objetivo es que personas que tienen granjas reciban cierta ayuda para mantenerlas y a cambio trasmitan sus conocimientos de agricultura a las generaciones más jóvenes. Pero, al igual que en el comunismo, de la teoría a la realidad hay un trecho. La realidad es que los anfitriones/dueños de campos son personas que están un poco aburridas de vivir solos en el medio del campo y mas que ayuda lo que buscan es una distracción. Por su parte, los jóvenes que van a aprender de agricultura son en realidad mochileros buscando donde parar y comer sin gastar un mango. De cualquier manera funciona para ambas partes, ya que los anfitriones se entretienen conociendo cosas de otras culturas y los huéspedes comen como reyes comida 100% orgánica, trabajan bastante poco y tienen acceso a los lugares naturales más hermosos de Nueva Zelanda, donde el turismo no llega; ya que muchas de estas estancias se ubican sobre playas, lagos, ríos, bosques, montañas, etc. y tienen solo una pequeña parte de su territorio utilizada para producir, dejando el resto virgen e intacto.

Y así pasamos los últimos 10 días: Nos levantamos a las 8 de la mañana en nuestra casa; atravesamos el patio hasta la casa principal, ahí ya nos están esperando con las tostadas de pan casero, mermeladas artesanales, cereales de todo tipo, ensalada de frutas de estación y un humeante café recién hecho. De ahí se nos asigna alguna tarea, que cambia frecuentemente, por lo que nunca es repetitivo o aburrido. Hacemos la misma sin control, sin horarios, sin apuros. Cortar un poco de leña, construir un nuevo corral para los patos, agregar paja en el establo de las cabras o plantar algún árbol, son algunas de los trabajos que hemos hecho.

A cambio hemos recibido una experiencia gastronómica indescriptible de comida natural, fresca , variada y abundante. Además de algunos entretenimientos como una excursión a la playa, internet, libros, y un día hasta se nos presto un bote, cañas y carnada para ir de pesca al lago. El producto de esa pesca fue el almuerzo del día siguiente.

El segundo día que estuvimos allí, Julia y Chris se fueron hasta la ciudad. Dijeron que volverían en unas 4 horas, que la casa quedaba íntegramente a disposición nuestra, para lo que queramos. Es curioso para nosotros ver como esta gente confía ciegamente en dos completos desconocidos de los cuales no tienen NIGUNA referencia ni información concreta.

Cuentan la historia que los primeros exploradores que llegaron a Nueva Zelanda, se sorprendían de cómo las aves se les acercaban y en muchos casos hasta hacían contacto con ellos. Este extraño comportamiento se debía a años de evolución en un medio sin depredadores. Por lo que las aves no tenían ningún motivo para temerles. El ser humano en el fondo es un animal.Luego, en nuestras personalidades formadas en un país como Argentina, donde el que no corre vuela, se ha desarrollado un escudo protector que nos hace desconfiar sistemáticamente de todo y de todos. Personas como Julia y Chris, en cambio, han crecido y se han desarrollado en un ambiente menos hostil, y ni siquiera cruza sus mentes la posibilidad de al volver encontrar su casa vacía. Es gente sencilla pero culta. Viven de lo que producen. No molestan ni son molestadas. Si les sobra, dan. Principios básicos.

Ha sido una experiencia sumamente enriquecedora y sobre todo ahorrativa. Pero no hay que dormirse en los laureles, queremos seguir viajando y conociendo. En los días venideros tenemos que hacer un stop obligado en la ciudad de Auckland por tramites. Intentaremos zafar la estadía haciendo wwoofing ahí. Luego, por primera vez desde nuestra llegada a este país, continuaremos nuestro viaje al sur de Auckland, rumbo a lo salvaje…

viernes, 24 de junio de 2011

Llueve sobre mojado

Comenzar el domingo bien temprano y empezar a viajar camino a Cape Ringa, el extremo norte del país. Atravesar la “90 miles beach” (playa de las 90 millas), a continuación visitar una gran superficie de gigantescas dunas y finalmente terminar en El Faro allá, donde se unen el mar de Tasmania con el océano Pacifico. Todo esto hubiese sido posible, si ese mismo domingo a primer hora de la mañana, no se hubiese cagado el auto.

El Gremlin, durante estos dos meses ha demostrado ser un excelente auto. Aunque medio jugadito de chapa, tiene muy buena mecánica, el interior esta impecable y el pequeño motor es de muy bajo consumo. Solo tuvimos un inconveniente menor con las luces traseras y un problemita un poquito más grave con un ruleman de una rueda que debió ser reemplazado. Entre mano de obra y repuestos los dos arreglos nos salieron menos de 150 dólares (a dividir entre 5). Sin embargo, esa mañana se intensificó un ruido que venía de la rueda trasera y si bien el auto andaba, no quisimos mandarnos a la ruta a un viaje de 200km de ida y otros tantos de vuelta. El problema no era solo perderse la oportunidad de ese viaje, sino que al día siguiente teníamos que estar en nuestro próximo destino: una remota estancia en los alrededores de un pequeño pueblo llamado Kaiwaka; y con el auto en esas condiciones NO podíamos viajar. Desde el punto de vista económico el arreglo no se dividiría mas entre 5, ya que actualmente los únicos dueños del auto somos el Chichi y yo; y se complicaba de sobremanera conseguir un mecánico un domingo.

Pierre Bourdieu, sociólogo Frances decía (resumiendo)que el capital que una persona posee puede ser de tres tipos: cultural (los conocimientos que tenemos), económico (la plata que tenemos), y social (los contactos que tenemos). En nuestro caso, el primero claramente no nos alcanzaba para arreglar el auto. El segundo nos permitía reparar el auto de manera eficaz pero no eficiente. Y es aquí donde el tercero, nuestro capital social nos salvo del apuro. Juntando kiwis bajo la parra nos hicimos amigos (entre otras personas) de Anthony, un pibe local, que resulta ser mecánico y se mostro más que dispuesto a perderse todo un domingo soleado engrasándose las manos a cambio de una caja de birras.

El problema del auto resultó ser una esquirla metálica atorada entre las pastillas y el disco de freno. Tuvimos que comprar pastillas de freno nuevas a unos $40 dólares el par y un disco de freno. Este último, nuevo, sale unos $200 y tarda una semana en llegar. Pero por suerte, Anthony conoce al dueño de un desarmadero, donde aplastado entre un Toyota y un Nissan había un Ford Telstar 1994 igualito al nuestro, con el disco de freno intacto. Y nos lo llevamos en el acto, por $35. Una vez más, el capital social.

Nos parecía un desperdicio de día soleado quedarnos los dos sentados mirando como Anthony entre sorbo y sorbo de cerveza desarmaba el auto, así que convenimos con el Chichi que me dejaría en algún atractivo turístico de la zona, iría con Anthony a hacer el arreglo del auto y alrededor de las 5 de la tarde, cuando el sol empezara a caer, ya con el auto arreglado me iría a buscar. En el peor de los casos, si no llegaban a arreglar el auto a tiempo, me escribiría un texto para avisarme y que me vuelva a dedo.

El único atractivo turístico de los alrededores que nos faltó conocer es el milenario Puketi Forest, ubicado a unos 30km de Kerikeri, así que pasado el medio día allí fuimos.

A medida que nos acercábamos al destino, veíamos como el camino se hacía cada vez mas rustico y deshabitado, el cielo se iba nublando y el teléfono perdía señal. De cualquier manera seguimos, llegamos, me baje y convenimos que entre 5 y 5:30 en ese mismo punto nos reencontrábamos.

El Pketi Forest, es un gigantesco bosque de muy variada fauna. El atractivo principal son los milenarios árboles Kauri, parecidos a un Sequoia en tamaño y similar a una columna de capiteles Corintios en forma, tienen un tronco muy ancho y alto, que sube en línea recta casi perfecta unos 30 metros hasta un puñado de ramas en la punta que le dan una altura final superior a los 45 metros. De proporciones, textura y color fuera de lo común es una pieza interesante de este complejo rompecabezas que hace a la fauna Neozelandesa.

A pesar de ser un centro turístico, carecía considerablemente de infraestructura. La misma se limitaba a un típico cartel de esos que dicen “Usted está aquí”; a la izquierda del mismo, en un playón completamente vacío, otro cartel que anunciaba “estacionamiento” y a la derecha un pedazo de madera, tallada en forma de flecha, apuntando hacia las entrañas del bosque que decía: “recorrido a pie, 2hs de duración” .

El gramblin se perdió levantando tierra en un camino de ripio donde el último auto que habíamos cruzado había sido hacía 20 minutos. En un lugar que en temporada de verano posiblemente sea más visitado, es que me quede parado solo. Mire la flecha, el interior del bosque que se hacía denso y oscuro a corta distancia y el cielo que se había cubierto por completo de nubes grises. Respire hondo y con las primeras gotas de lluvia, entré en el bosque.

La primera hora del recorrido fue mágica. Es una selva profunda y espesa. Una compleja maraña de árboles, lianas y arbustos de todo tipo, forma y color; interrumpida aquí y allá por esas gigantescas columnas, muchas de las cuales cuentan su nacimiento en años Antes de Cristo. Una feroz y silenciosa eterna batalla por alcanzar la luz del sol, por vivir, por evolucionar. Yo caminaba en el medio de este caos estático, por lugares donde el sol nunca llega, donde pequeños arroyos corren gélidos por la tierra húmeda. En la piel el frío y la humedad, en la vista verdes y marrones mutando a tonalidades más y más oscuras a medida que atardecía, en el olfato la tierra mojada y en los oídos esa lluvia fina intensificada sobre el techo de ramas, como el caminar de un ejército de hormigas.

La segunda hora ya hacía un frío de cagarse, la lluvia no daba tregua, y ya empapado no paraba de pisar charcos en un camino donde apenas podía distinguir unos metros adelante mío. Finalmente llegué al mismo desolado paraje donde había comenzado. Ya eran las 17 30 y el Chichi debía estar por llegar. Mire el celular y tenía cero señal . Espere, espere y espere. Noche cerrada y nublada, no paraba de llover, la oscuridad ya era total, no se veía NADA, la ropa mojada, los pies y el pantalón embarrados, el teléfono sin señal y una cara de ojete importante.

Empecé a caminar en las oscuridad, siguiendo a duras penas la ruta de ripio, cuando se me ocurrió la brillante idea de subir a un alambrado y levantar el teléfono en búsqueda de esa mínima rayita de señal que me permitiera mandar la puteda al Chichi.

Con la tenue luz del celular, llegue hasta el alambrado más próximo, lo agarré para subirme y PZZZTÁ!!! patadón de un alambrado electrificado. Puteada de por medio caminé hasta el campo siguiente y esta vez en la tranquera de madera, apoyé ambas manos y me pare. Ahí estaba, en la oscuridad, mojado, haciendo equilibrio y con la mano en lo más alto cuando me llegó el mensaje: “che, lo del auto va a tardar un ratito más, ni bien esté voy para allá, ok?”

Lo importante es que eventualmente el Chichi llegó, volvimos a casa, me pegué una buena ducha de agua caliente, cenamos y a la cama. Anthony no solo arreglo la rueda de atrás, sino que además le hizo una revisión completa a todo el auto, chequeo las otras 3 ruedas, soldó una pequeña perdida de aceite del motor, y con súper pegamento tapo un agujerito que tenía el tanque de agua del radiador. Nos dijo que el auto estaba en excelentes condiciones, listo para viajar y que de querer venderlo le podíamos sacar fácil $2000; cuando pagamos por el $1200.

En la mañana del día siguiente, Lunes, el dueño de la casa vino a revisar que todo estuviese en orden y nos devolvió el depósito. Acaricie con tristeza el sillón donde tantas veces me tire a ver tele tomando una cerveza a la vuelta del laburo, caminé hasta la puerta y en la entrada de la que fue nuestra casa por un mes y medio, nos dimos un abrazo con la pareja de franceses, nos subimos al auto y escuchando la poderosa guitarra de Eric Clapton nos lanzamos a la ruta, con rumbo sur, Chichi y yo, en nuestro auto, hacia nuestro próximo destino…